Daniela Quintanilla

Hoy se conmemoran 70 años de la firma de la Declaración Universal de Derechos Humanos, adoptada y aprobada por la Asamblea General de Naciones Unidas, e integrada actualmente por 193 países. Una de las principales impulsoras que lideraron el proceso político de consenso internacional sobre la necesidad de poner límites a la soberanía de los Estados y reconocer un mínimo de derechos inherentes a la naturaleza humana, fue una mujer -Eleanor Roosevelt- como tantas otras invisibilizada y silenciada por la historia oficial.

Pretendiendo obligarnos al silencio, obediencia y sumisión, las mujeres somos castigadas jurídica, social y moralmente al mostrarnos capaces de ejercer soberanía sobre nuestros cuerpos y dirigir la organización de nuestras vidas. El orden neoliberal procura cuerpos sumisos a sus intereses, dóciles para ser ajustados a sus pretensiones, arraigado esto en formas de opresión coercitivas y correctivas como la violencia sexual, acto vejatorio que encubre su raíz en discursos circunscritos al deseo y lo sexual.

Para promover un respeto sustantivo y profundo con los derechos humanos urge que consideremos todos estos elementos que ponemos sobre la mesa, que defendamos la memoria y la dignidad, y respetemos los derechos humanos y los organismos que la comunidad internacional ha construido para protegerlos y promoverlos.

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