Rosario Olivares

La comunidades educativas deben ser espacios abiertos, donde se debe asegurar la participación de cada una y uno de sus miembros, no sólo en tanto derechos y deberes, sino también en el aporte a pensar la escuela y la educación que quieren, y sin duda respecto de la responsabilidad que tienen sobre la convivencia y los modos de que está se asegura dentro de los espacios educativos. Más que aulas seguras necesitamos escuelas libres de violencia.

En estos días, con la votación del proyecto de Ley de Identidad de Género, nos jugamos la posibilidad de que como sociedad demos un paso concreto hacia la reparación con la población trans, que ha sido histórica y sistemáticamente marginada, violentada, discriminada y precarizada por un Chile neoliberal y conservador que ha negado su existencia décadas. Las promesas de mayor democracia y de integración social que traían consigo la “modernización” en Chile no llegaron para les trans, al igual que para muchos y muchas más.

Con todo, si bien sabemos que es fundamental eliminar la segregación por género en los liceos emblemáticos, terminar con 100 años de historia patriarcal no se borran de la noche a la mañana. Y no hablamos solo del currículum oculto que en estos casos tiene el peso de una catedral, sino de preguntarnos qué estamos enseñando y, sobre todo, cómo lo estamos enseñando.

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