Bolsonaro: una derrota del progresismo latinoamericano

El fin de la segunda década del siglo XXI no trae noticias alentadoras para las fuerzas progresistas y las izquierdas latinoamericanas. De hecho, es probable que asistamos a su derrota en la forma en que las conocimos. Sin embargo, será nuestra responsabilidad establecer acciones políticas concretas que eviten las tragedias del siglo XX y construyan un futuro alternativo al que nos ofrece el neoliberalismo. Resolver algunos de los nudos aquí planteados puede ser un comienzo.

Los focos se han vuelto a situar sobre América Latina, pero esta vez no por causa de Venezuela. Salvo que ocurra un milagro, el ultra derechista Jair Bolsonaro se convertirá en el próximo presidente de Brasil. Políticos y analistas se preguntan cómo un excoronel y diputado mediocre que revindica la dictadura y la violencia, alienta el machismo, la xenofobia y homofobia, pero también promete reestablecer el orden, acabar con la corrupción y reactivar la economía mediante privatizaciones y mayor apertura, comandará la novena economía del planeta.

Su meteórico ascenso y contundente triunfo en primera vuelta (46%) sobre el petista Fernando Haddad (29%) ha sido explicado como parte de una tendencia global de populismos de derecha –algunos dicen fascismo–; producto de la corrupción y enriquecimiento ilícito de varios líderes progresistas; e incluso se responsabiliza a las noticias falsas que hoy inundan las redes sociales. Pero la realidad es mucho menos lineal y simple de lo que parece.

La actual coyuntura se desenvuelve tras el ciclo de mayor estabilidad política, social y económica de toda la historia brasileña. Con el Plan Real en 1994, se forja un consenso entre grupos empresariales nacionales, capitales multinacionales, burocracias estatales, partidos políticos y, posteriormente, con los sindicatos de trabajadores. Bajo el liderazgo de Fernando Henrique Cardoso, del Partido Social Demócrata Brasilero (PSDB), y luego con Lula da Silva y Dilma Rousseff, del Partido de los Trabajadores (PT), Brasil se erige como una de las principales potencias emergentes del planeta. Pero tras la crisis financiera de 2008, la economía se estanca y, en los últimos años, la pobreza y desigualdad se vuelven a elevar, desatando la protesta de sectores beneficiados por el modelo.

no le será fácil al progresismos y a la izquierda brasilera recuperar anclajes en el mundo popular. La nueva alianza que proyecta Bolsonaro logra producir un nuevo sentido común en vastos sectores populares. Mientras que el PT avanzó en la integración burocrática de la clase obrera y la clientelización de sectores rurales y marginales; los evangélicos logran organizar a millones de personas bajo una visión de mundo que hacen coherentes conservadurismo, autoritarismo y esfuerzo individual como forma de alcanzar la prosperidad. Y esto, aunque las élites que respaldan a Bolsonaro no compartan del todo esos valores.

Bajo estas condiciones estallan escándalos de corrupción y financiamiento irregular de partidos. Primero, fue la arremetida política contra Rousseff que finaliza con su destitución. Luego, el juicio y encarcelamiento de Lula. Con el camino despejado, irrumpen grupos militares, empresarios agroexportadores y el poder evangélico –la alianza Bala, Buey y Biblia (BBB)–, que proyectan una nueva alternativa para Brasil. Son poderes fácticos que movilizan miedos y aspiraciones de una heterogénea sociedad forjada en las últimas décadas. Entonces, no debe sorprender que los casi 50 millones que votaron por Bolsonaro en primera vuelta no tengan necesariamente un denominador común.

Primero, existe un voto anti PT que era articulado por el PSDB. Son grupos medios profesionales, pequeños y medianos empresarios y trabajadores independientes, que siempre recelaron del ascenso popular que representa el PT. Además, en el último tiempo fueron desplazados en el empleo público y muchos de sus hijos quedaron fuera de universidades estatales producto de cuotas reservadas para distintas etnias. Esto va incubando un resentimiento que los hace votar contra cualquier alternativa que asegure la salida del PT del Estado –y no solo del gobierno–.

Segundo, existe un voto conservador que movilizan las iglesias evangélicas y que se desplaza del PT a Bolsonaro. Con el primero, mantuvieron una alianza gracias a los programas sociales que administraban, aunque siempre recelaron de su política cultural. A medida que el PT –y la iglesia católica– abandona el trabajo territorial en las favelas, los evangélicos se transforman en el principal sostén social, económico y moral de esos grupos populares. Para ellos, los programas de ayuda estatal son dádivas de pastores que, contra la teología de la liberación, antepusieron la “teología de la prosperidad”. Una ideología que hace coherente el autoritarismo contra la delincuencia, el conservadurismo contra la igualdad de género y el ideario neoliberal contra el proteccionismo estatal. En tanto, las élites evangélicas fueron permeando el poder político, judicial, militar, empresarial y los medios de comunicación de masas, hasta convertirse en una fuerzas capaz de condicionar el sistema político.

Si para el primer votante, el PT significa un freno objetivo a sus aspiraciones de ascenso; para el segundo, es un “demonio” que encarna valores contrarios a la ideología de la prosperidad. Asimismo, existe un votante histórico de derecha que defiende la dictadura y el autoritarismo como forma de gobierno y que antaño votaba por otros partidos.

Pese a ello, la fuerza electoral del PT no amainó del todo. Alcanzaron una elevada votación en el Nordeste y parte de sus votantes se movilizaron al Partido Democrático Trabalhista (PDT), sumando 44 millones de votos. Sin embargo, la derrota política del PT radica en haber dejado de ser el principal articulador del consenso liberal desarrollista –también el PSDB–, y en la formación de una alternativa compuesta principalmente por neoliberales.

Pese a las dudas que genera su eventual gobierno, Bolsonaro ya cuenta con un bloque de extrema derecha en la Cámara de Diputados. El Partido Social Liberal (PSL) es la segunda bancada –52 diputados contra 56 del PT–, pero más todos los candidatos conservadores repartidos en otros partidos, la bancada BBB cuenta con un 45% del parlamento. Sumado al apoyo instrumental que recibirá de pequeños partidos a cambio de prebendas, Bolsonaro podría tener mayoría en ambas cámaras e iniciar transformaciones al modelo brasileño. Sobre todo si se instala el economista y banquero Paulo Guedes en Hacienda.

La profundidad de los cambios dependerá, entre otras cuestiones, del actuar de las fuerzas progresistas y de izquierda. Sin embargo, estas tienen que ajustar cuentas con el derrotero seguido hasta ahora, incluso si ocurre el milagro.

Primero, no es claro que el PT se rearticule en el corto plazo. La figura de Lula eclipsó una larvada crisis política producto de la clientelización y desmovilización de sus bases que todavía son efectivas electoralmente, pero totalmente ineficaces para enfrentar a una derecha radicalizada que no dudará en utilizar la violencia de militares y policías contra las fuerzas opositoras. Distinto sería contar con la CUT y el MST de antaño, sin embargo, la burocratización de los sindicatos y la ausencia de una reforma agraria les restaron poder.

Segundo, no le será fácil al progresismos y a la izquierda brasilera recuperar anclajes en el mundo popular. La nueva alianza que proyecta Bolsonaro logra producir un nuevo sentido común en vastos sectores populares. Mientras que el PT avanzó en la integración burocrática de la clase obrera y la clientelización de sectores rurales y marginales; los evangélicos logran organizar a millones de personas bajo una visión de mundo que hacen coherentes conservadurismo, autoritarismo y esfuerzo individual como forma de alcanzar la prosperidad. Y esto, aunque las élites que respaldan a Bolsonaro no compartan del todo esos valores.

Tercero, el PT perdió una oportunidad histórica de avanzar en transformaciones al modelo de desarrollo y dotar a Brasil de mayor autonomía económica. En cambio, apostó por administrar el orden heredado y profundizar la redistribución de excedentes. Pero el modelo seguía dependiendo de los ciclos internacionales y un delicado equilibrios con poderes locales que no dudaron en cooptar o desestabilizar a quién pudiera afectar sus intereses.

Cuarto, habrá que enfrentar un nuevo periodo de inestabilidad política en América Latina. Se abren condiciones para una intervención militar abierta en Venezuela, con el apoyo de Brasil, Colombia y los Estados Unidos. En tanto, una desindustrialización de la economía brasileña agravará la situación argentina, pero también afectará a Uruguay y Paraguay. En ese contexto, el nuevo gobierno de López Obrador puede significar un contrapeso relevante si es que decide mirar hacia América del Sur.

Quinto, es fundamental reflexionar sobre los límites que detenta la democracia en una región en que históricamente ha tenido escaso arraigo popular. Más aún cuando esta emerge solo para articular frentes contra las derechas pero se olvida al momento de privatizar o desnacionalizar la economía, o aceptar imperativos de organismos internacionales. Cuando esto ocurre, la democracia queda totalmente vaciada de su contenido político y pierde fuerza como bandera de lucha. Lo cual implica una derrota cultural de la que no será fácil recuperarse.

En suma, el fin de la segunda década del siglo XXI no trae noticias alentadoras para las fuerzas progresistas y las izquierdas latinoamericanas. De hecho, es probable que asistamos a su derrota en la forma en que las conocimos. Sin embargo, será nuestra responsabilidad establecer acciones políticas concretas que eviten las tragedias del siglo XX y construyan un futuro alternativo al que nos ofrece el neoliberalismo. Resolver algunos de los nudos aquí planteados puede ser un comienzo.