La revictimización como estrategia de restauración del orden patriarcal

Pretendiendo obligarnos al silencio, obediencia y sumisión, las mujeres somos castigadas jurídica, social y moralmente al mostrarnos capaces de ejercer soberanía sobre nuestros cuerpos y dirigir la organización de nuestras vidas. El orden neoliberal procura cuerpos sumisos a sus intereses, dóciles para ser ajustados a sus pretensiones, arraigado esto en formas de opresión coercitivas y correctivas como la violencia sexual, acto vejatorio que encubre su raíz en discursos circunscritos al deseo y lo sexual.

Que no eran gritos de dolor, que no era llanto de violación, que usaba una tanga, que había consumido alcohol, son solo algunas frases que, en el último año, han formado parte de distintos procesos judiciales de connotación pública, patrocinando la absolución o disminución significativa de condena a agresores y la revictimización de las mujeres agredidas. En este marco, con rabia e indignación, conocimos la condena de Francisca Díaz y la absolución de los agresores de Lucía Pérez. La primera, había sido demandada por calumnias tras denunciar abuso sexual ejercido por un ex fiscal subrogante en Temuco. La segunda, torturada, violada, empalada y asesinada por un grupo de hombres, en Mar del Plata, Argentina.

Meses atrás, nos estremecimos, con la absurda sentencia recaída sobre “La Manada” en España, con el brutal ataque en grupo a una mujer en la comuna de Ñuñoa y con las puñaladas que recibieron compañeras feministas en la marcha por el aborto libre, legal, seguro y gratuito, el 25 de julio. Esto último no fue inmediatamente pronunciado ni repudiado públicamente por el gobierno de Chile.

Pretendiendo obligarnos al silencio, obediencia y sumisión, las mujeres somos castigadas jurídica, social y moralmente al mostrarnos capaces de ejercer soberanía sobre nuestros cuerpos y dirigir la organización de nuestras vidas. El orden neoliberal procura cuerpos sumisos a sus intereses, dóciles para ser ajustados a sus pretensiones, arraigado esto en formas de opresión coercitivas y correctivas como la violencia sexual, acto vejatorio que encubre su raíz en discursos circunscritos al deseo y lo sexual. Así, se nos imponen formas particulares de responder a este tipo de embestidas, un catálogo de características que darían valor al relato, fundadas en la culpa, vergüenza y pudor. Todas ellas, amparadas en la idea de que las agresiones sexuales son un ataque al “honor” en tanto vernos arremetidas en “lo más preciado” para y de una mujer.

El control sobre nuestros cuerpos opera en función del gobierno de los afectos, forzándonos al repliegue mientras se asegura el sostén de una estructura social patriarcal y capitalista que nos relega a distintas formas de opresión, explotación y subordinación. De esta manera, se observa cómo un orden social que produce violencia contra las mujeres, procura restablecer su estructura al advertir la resistencia de los cuerpos femeninos y feminizados. Mientras las autoridades de gobierno pretenden imponernos la obligación de denunciar, la (in)justicia patriarcal castiga a las mujeres y protege a los agresores.

Se nos exige cumplir con los imperativos de “lo femenino”, repertorio de posturas y gestos específicos que nos reducen a la prudencia y al recato, convirtiéndonos en esclavas de la mirada ajena, a prueba del juicio de otros. Se nos insta, por tanto, al desamparo e indefensión, instalando la imagen de una “buena víctima” que calla y se doblega al ser violentada, y que, así como en lo público, en lo privado ha de abnegarse en el servicio doméstico con el fin de asegurar la división sexual del trabajo, sosteniendo sobre nuestros hombros la reproducción social en la economía capitalista.

Este imaginario colectivo de mujer sacrificial, es asentado por los medios de comunicación como brazo ideológico de la estrategia de lo que Rita Segato ha llamado la pedagogía de la crueldad. Al contravenirlo, somos enjuiciadas y desacreditadas en todas las dimensiones, sobreviniendo fallos como el de Francisca, como el de Lucía y La Manada.

Ante este escenario, hemos decidido organizarnos, el movimiento feminista está protagonizando una revuelta internacional, liderando la resistencia a una sistema económico y social que, a costa de seguir acumulando en las manos de unos pocos, ha mercantilizado y precarizado la vida de las grandes mayorías. Las mujeres hemos decidido hacer de esta precarización un problema político, estamos juntas y organizadas, y avanzamos a paso firme camino a la Huelga Internacional de Mujeres el próximo 8 de marzo.

A pesar de la criminalización y de la afrenta de la restauración del orden capitalista y patriarcal que se expresa en la injusta condena a nuestra compañera, gritamos con fuerza: ¡Fran yo te creo!

El próximo 8 y 9 de diciembre nos convocamos al Encuentro Plurinacional de Mujeres que Luchan impulsado por la Coordinadora Feminista 8M, porque #EstoAmeritaHuelga.

Daniela Quintanilla y Ana Paula Viñales
Feministas Izquierda Autónoma