Lula y el PT: El desafío de ser gobierno con protagonismo popular

El 7 de abril del 2018 marca un antes y un después en la política latinoamericana. Luiz Inácio Lula da Silva se entrega a la justicia, poniendo bajo escrutinio una vez más el legado de la “década ganada” del progresismo latinoamericano. En este artículo, se analiza está situación en contraste tanto con la historia reciente de Brasil y el Partido de los Trabajadores, como con las dinámicas sociales que posibilitan el encarcelamiento de uno de los mayores protagonistas de este ciclo.

Dos imágenes pueden dar cuenta del largo desarrollo del Partido de los Trabajadores de Brasil (PT). La primera, Lula votando en la elección presidencial de 1989, cuando por primera vez la izquierda estuvo a un paso de obtener el gobierno en el gigante sudamericano. La segunda, el discurso de este ante miles de adherentes, en los momentos previos a entregarse a la policía. Durante los 29 años que separan ambos episodios el PT pasó de ser un temido partido marxista a terminar con Dilma Rousseff destituida y Lula preso bajo cargos de corrupción luego de gobernar el país durante casi cuatro períodos.

No hay duda de que los gobiernos de ambos presidentes tuvieron un gran impacto en Brasil y en América Latina, contando entre sus logros el sacar a más de 40 millones de brasileños de la pobreza1, disminuir la desigualdad y entregarle un protagonismo nunca visto al campo popular, siendo, además, los principales impulsores de instituciones internacionales que buscaron fortalecer los lazos de la región, como UNASUR. La contracara a estos avances fue una creciente desmovilización del movimiento social brasileño que le dio vida al mismo PT, tal como lo expresara el teólogo y miembro fundador del partido, Frei Betto, en una reciente entrevista, enfatizando que “con el PT, fortalecimos la mentalidad consumista y no la ciudadana”2.

Es este factor, el desanclaje del PT a lo largo de sus gobiernos de los sectores sociales que lo llevaron al poder estatal, y no la corrupción –fenómeno que de todas maneras no debe ser ignorado– el que más dramáticamente explica la pasividad de amplias capas de la población en el momento en el que el partido es “desalojado” del control del Estado. A medida que los años avanzaron, el Partido y su liderazgo se alejó cada vez más de quienes decía representar, distancia que no pudo subsanarse con la popularidad de su líder o con la implementación de sus programas sociales.

Es importante recordar que el nacimiento del partido, en febrero de 1980, se desarrolló al calor del crecimiento de la clase trabajadora de la mano del desarrollo industrial del país a fines de los sesenta y comienzos de los setenta, lo que permitió la confluencia de sectores del sindicalismo combativo con cristianos ligados a la teología de la liberación, quienes venían de las experiencias armadas. En cambio, la crisis estratégica del proyecto político petista se dio en el marco del aumento de estas “capas medias” a partir de segmentos de la clase trabajadora que aumentaron su capacidad de consumo y su acceso a bienes y servicios, lo que, gracias a las transformaciones impulsadas por sus gobiernos, cambió la naturaleza de las bases sociales que daban vida al proyecto.

Estos mismos grupos sociales beneficiarios de las políticas implementadas por el partido, dejaron de ser protagonistas de los cambios para ser receptores de ayudas, y espectadores de los procesos políticos del país, al no existir espacios que permitieran una participación activa en los mismos, y menos una reflexión política desde su experiencia, sobre los cambios que vivían.

A la par de este proceso, el mismo partido vivió una progresiva moderación de su discurso que le permitió aliarse alternativamente con partidos de izquierda y derecha en el Parlamento, implementando medidas económicas neodesarrollistas que hicieron crecer la economía en su momento, pero que no fueron capaces de superar el marco capitalista, generando tensiones y confusión entre sus seguidores, perdiéndose en el camino la finalidad socialista del mismo instrumento político. Esta “moderación” obedeció, sin duda, a las sucesivas derrotas electorales que enfrentó el partido a lo largo de la década de los noventa, a pesar de su capacidad de movilización y de la popularidad que Lula, ese obrero metalúrgico forjado como líder en las luchas sindicales en defensa de la democracia y contra la dictadura militar, iba ganando en todo el país.

Tampoco fue una situación que no generara reacciones internas. No han sido pocas las tendencias que han quebrado con el partido a lo largo de su historia, criticando su deriva “moderadora”: lo hizo en los años noventa “Convergencia Socialista” para incorporarse al partido trotskista PSTU, y “Acción Popular Socialista” en el 2005, para formar el PSOL.

Cae entonces la pregunta clave: ¿Qué hace que un partido indiscutiblemente de izquierda, con fuertes lazos con la clase trabajadora organizada y el movimiento popular, abandone aspectos centrales de sus propuestas socialistas y quede “atrapado” en los límites del progresismo una vez que es gobierno, alejándose cada vez más de sus partidarios? ¿Por qué tras años de administración izquierdista, las elecciones de 2014 dieron como resultado el Parlamento más derechizado desde el fin de la dictadura?

Nadie duda que el gigante sudamericano, tras 15 años de gobierno petista, es muy distinto al que vio ascender a Lula por primera vez al gobierno en 2003. Sin embargo, el auge de fuerzas conservadoras e incluso de extrema derecha –los partidarios de Bolsonaro, quien defiende abiertamente la dictadura militar, son un factor político no marginal–, y la debilidad de la respuesta del movimiento popular al gobierno de Temer, son claras señales de alerta para la izquierda. El mismo Frei Betto aseguraba hace dos años atrás, en una entrevista radial en Argentina3, que el problema del partido no había sido la impunidad en los casos de corrupción, ya que se impulsaron reformas que aumentaron la autonomía de la Policía Federal y fortalecieron al Ministerio Público precisamente para combatirla, lo que se tradujo en que incluso militantes del PT terminaron presos.

Por el contrario, el teólogo puso el acento en el distanciamiento de la maquinaria partidaria con las bases populares: “La izquierda cuando llegó al poder tomó la guitarra con la mano izquierda para tocarla con la derecha. La izquierda, en nombre de la gobernabilidad, hizo alianzas promiscuas con grupos de derecha y, al mismo tiempo, se distanció de las bases populares. Perdió bastante su sensibilidad para los temas populares. Por ejemplo, en 13 años de gobierno del PT en Brasil no hubo ninguna reforma estructural y ahora el PT es víctima de esto”4, remarcó en la entrevista, donde hizo hincapié en que Brasil y Argentina son los únicos países del continente que nunca han tenido una reforma agraria.

En una línea parecida se expresaba Joaquín Pinheiro, dirigente del Movimiento sin Tierra (MST), en una entrevista con Al Mayadeen en noviembre de 20165, para quien la razón detrás de la poca movilización social defendiendo el gobierno de Dilma tras el impeachment residía en el contexto de descenso del movimiento de masas, y por el monopolio de los medios de comunicación que retiene la derecha. Así, el también dirigente del Frente Brasil Popular, explicaba que respecto al primer punto “cabe una autocrítica por parte de los sectores de izquierda que dejamos de hacer el trabajo de base y la formación de esa gente, son pocas las acciones de los movimientos y partidos en ese trabajo. Y los propios gobiernos de Lula y de Dilma no consiguieron comunicarle al pueblo sobre la importancia de su gestión y el rol del Partido de los Trabajadores en la aplicación de las políticas sociales”6.

Ello se sumó al control de los medios ejercido por los golpistas, factor que resultó fundamental a la hora de intoxicar el ambiente con numerosas acusaciones contra los dirigentes del PT, sin importar si existían o no bases reales para ello, y confundiendo o desmovilizando a segmentos importantes de la sociedad que adoptaron una actitud pasiva ante la crisis. “Quien se movilizó fue, como decía Gramsci, la sociedad civil, unos en contra del golpe y otros a favor, pero la gran mayoría de la población quedó en casa mirando el golpe por la televisión”, destacó el dirigente7.

Respecto a la relación con el gobierno, Pinheiro valoró que con el gobierno del PT el diálogo era directo y se terminó la represión del gobierno federal al MST –aunque no con la proveniente de los gobiernos locales8. Más aún, reconoció que el PT seguía siendo el partido más fuerte de la izquierda en el país, afirmando incluso que “cualquier cambio debe pasar por el diálogo con su base y dirigentes” y que el desafío del Frente Brasil Popular “es ayudar en ese proceso”.

Esta distancia entre el gobierno y el partido, por un lado, y los movimientos sociales por el otro, se expresaba ya en 2014, cuando en el marco de su VI Congreso Nacional, el MST –que celebraba su 30° aniversario– demandaba del gobierno de Dilma Rousseff la aceleración de una reforma agraria que nunca se concretizó. En la oportunidad, 15 mil delegados campesinos debatieron sobre los nuevos adversarios que enfrentaban: el tradicional latifundio, pero también las transnacionales, la banca y el mercado, fuerzas detrás del creciente negocio de la soja, base de la exportación nacional y que causa graves daños al medioambiente. Además, demandaron avanzar hacia una reforma que asegurara cambios en el uso y propiedad de la tierra, y la redistribución de ellas, generando tensión con un PT que nunca hizo su prioridad esas banderas.

¿Cómo enfrentó el Partido de los Trabajadores esta tensión con los movimientos sociales? Esteban Iglesias, de la Universidad Nacional de Rosario9, afirma que el vínculo entre ambos actores ha mutado con el tiempo, desde un momento de carácter “orgánico” durante la primera candidatura presidencial de Lula en 1989, hasta una relación fragmentaria a partir de la llegada al gobierno en 2003. Explica la relación entre ambos momentos, aseverando que “si bien la llegada al gobierno por parte del Partido de los Trabajadores contó con el apoyo de los movimientos sociales, este acontecimiento, lejos de fortalecer la relación entre ambos, termina de catalizar y sintetizar el carácter no orgánico y fragmentario del vínculo”.

Iglesias, además, identifica dos polos del movimiento social: por un lado, quienes buscaban un “diálogo crítico” en donde ubicaba a la CUT, la Unión Nacional de Estudiantes y a la Marcha Mundial de las Mujeres, y, por otro, a las fuerzas que se planteaban desde una “crítica frontal”, donde identifica al MST y a las Pastorales Sociales. Ambos se habrían encontrado con un gobierno que intentó institucionalizar el diálogo político entre distintas expresiones de la patronal y la “sociedad civil”, asumiendo un rol de mediador entre ambos actores que se tradujo en distintas presiones sobre los movimientos sociales para llegar a acuerdos, poniendo en entredicho la autonomía política de éstos debido a los vínculos existentes con el gobierno petista.

En ese escenario, el autor destaca que, si durante la primera administración petista el vínculo con los movimientos sociales era relativamente fluido, durante el segundo mandato el no cumplimiento de proyectos estrella, entre los que nuevamente destaca la reforma agraria, lesionó la cercanía natural que ambos espacios (el partido y los movimientos sociales) tenían desde la formación del primero en los años ochenta. Esta situación se profundizó durante el gobierno de Dilma Rousseff, mediante una feroz campaña de los medios de comunicación y la derecha por involucrarla a ella y a Lula en supuestos casos de corrupción, añadido a la política de ajuste fiscal oficialista que fue rechazada por buena parte de la base social, comenzando a revertirse sólo cuando se oficializó la caída de Dilma, primero, y el encarcelamiento de Lula, después.

El intelectual Emir Sader catalogó en septiembre del 2017 el recorrido de Lula por el país, en preparación de su eventual candidatura, como “el más formidable proceso de movilización y de formación de conciencia política que el país nunca había visto”10. El ejercicio de Lula podría ser interpretado como un intento de hacerse cargo de la crítica de Betto citada previamente respecto a la baja politización del mundo popular durante el amplio período de gobiernos de izquierda. Esta posibilidad no era banal, pensando en la extensión del fenómeno que se ha comentado: el recuperar los vínculos políticos e incorporar a estos sectores populares al debate nacional en el marco de la campaña buscaría, en ese sentido, conformar una fuerza social y política capaz de enfrentar las maniobras judiciales que pretendían evitar la nueva candidatura de Lula, y servir como renovada base de apoyo para un eventual gobierno. El mismo Sader comentaba en agosto de ese año que el entusiasmo popular generado por las caravanas del ex Presidente se presentaba como una posibilidad de “ganar para sus filas a amplios sectores de masas que se movilizan al compás de los viajes de Lula. El discurso de Lula es el gran maestro de ese compás. Un discurso que ataca duramente el desmonte de todo lo mejor que Brasil ha construido a lo largo de este siglo, que a la vez, compara con las conquistas de que todos han sido beneficiarios en los gobiernos del PT. Que paralelamente apunta hacia los caminos de retomada del crecimiento, de distribución de renta y de inclusión social” 11.

Además, Sader identificaba en ese realineamiento del partido, su principal liderazgo, y las masas populares, la posibilidad de reconstruir la organización luego de “los más duros y continuados ataques que un partido jamás sufrió en la historia política de Brasil. Puede recomponer y renovar sus filas, con el ingreso de nuevas generaciones de militantes, de mujeres, de jóvenes, de negros, de trabajadores de los más distintos sectores de la muy diferenciada población”12. Al calor de ese proceso no sólo se generó un renovado entusiasmo en una base social alicaída y desgastada por las tensiones generadas entre los intereses de las masas y los requerimientos del ejercicio del poder, sino que, según relata Sader, se reincorporaron militantes que se habían alejado y se unieron nuevos simpatizantes y militantes, reemplazándose los seminarios en cuatro paredes por debates masivos con la participación directa de cientos de personas. Ese proceso de reencuentro entre Lula y las masas fue simultáneo a la renovación del liderazgo del partido con la elección de la joven senadora Gleisi Hoffmann como máxima dirigente de la organización13.

Sin embargo, ese acercamiento no fue suficiente para revertir el encarcelamiento de Lula, aunque se sentaron las bases de una colaboración efectiva entre el PT y organizaciones de masas como el MST y la CUT de cara a la defensa del ex Presidente, expresado en el campamento que estas y otras organizaciones levantaron cerca del lugar donde éste se encuentra detenido –y que incluso ha sido atacado a balazos14–, así como protestas y manifestaciones en distintas ciudades del país.

¿Qué se necesitaba entonces para enfrentar un progresivo proceso de endurecimiento de la disputa con la derecha brasileña, alimentada por el desarrollo de un conservadurismo de masas al alero de las iglesias evangélicas, y una renovada ofensiva de los nostálgicos de la dictadura militar? No bastaba apelar a la muy popular figura de Lula –que puede ayudar a ganar elecciones, pero no a responder nuestra incógnita principal–, sino que era necesario recuperar el anclaje que fue base política del proyecto petista y articular esta base social de apoyo en torno a un programa político, revirtiendo los errores cometidos durante las administraciones anteriores. Lo realizado en las caravanas ayudaba en ese esfuerzo, pero quedaba corto en el desafío político-programático de fondo, si se entiende al PT no como un mero aparato electoral con un programa progresista, sino como un partido político revolucionario cuyo objetivo es la construcción del socialismo.

En esa línea el ex ministro y dirigente del PT, José Dirceu, identificó dos grandes errores del PT15: la poca politización de las masas partidarias del gobierno y la subestimación de la derecha. Dirceu afirmó que el PT acabó “priorizando más la lucha institucional y electora, más el acto de gobernar que la organización partidaria y aún la politización y movilización”. Esto se expresó, por ejemplo, en “el combate a la prisión de Lula, en el combate a la criminalización del PT”, ya que el partido tiene dificultades para “dar un nivel de organización a esa lucha y de cambiar el sentido de la actuación política para ir al encuentro del pueblo”16.

Ante la previsible reacción de la derecha, el PT no contaba con las herramientas para hacer frente a un tipo de golpe nuevo, que combinaría la movilización de capas medias, los medios de comunicación, la intervención extranjera y el Poder Judicial y el uso del Parlamento. Para ello habría sido necesario un partido capaz de combinar un despliegue institucional con una amplia participación de las masas en el proceso político, lo que expresaría como una organización capaz de hablar con el pueblo más allá de la televisión y sus liderazgos parlamentarios, con trabajo en los puestos de trabajo, los barrios y en el campo.

Pero enfrentar un escenario como el brasileño implica no sólo recuperar el anclaje social del partido, sino también un giro programático que, a partir de la participación activa de esta nueva fuerza social, ponga su eje en las reformas estructurales tantas veces postergadas en el pasado: tributaria, agraria, política, de pensiones.

Por el contrario, la dinámica implementada a través de los programas de apoyo, como Bolsa Familia o Hambre Cero17, fue básicamente asistencialista, y mientras permitían generar condiciones para que miles de familias salieran de la pobreza, también disolvían las dinámicas colectivas propias del campo popular y desmovilizaba a sus protagonistas, sentando las bases ideológicas de las mismas capas medias que luego se movilizarían en defensa de su capacidad de consumo, y no de sus derechos18.

La generación de una dinámica sana en la relación entre los partidos de izquierda cuando se asume la administración del Estado, y los movimientos sociales que le entregan su mandato popular, es el elemento clave a la hora de definir si el programa de gobierno será despojado de sus elementos rupturistas en aras de la realpolitik, o si cumplirá su rol como herramienta orientadora en la lucha por construir el socialismo. Ejemplos dramáticos de esta situación se han vivido en la izquierda por montones. En efecto, fue así durante el primer gobierno de Mitterrand en Francia, cuando la alianza entre el PS y el PC llegó al gobierno basada en el “Programa Común”; fue así en el momento de la debacle de Syriza al enfrentarse a la Unión Europea.

Este dilema fue el mismo que enfrentó el reciente gobierno de la Nueva Mayoría en nuestro país, aunque con un programa muchísimo más moderado. Ante la disyuntiva de incorporar a las organizaciones de masas cuyas demandas habían sido de una u otra manera “integradas” –previo procesamiento por los aparatos partidarios– en el programa, o buscar acuerdos con la oposición, se optó siempre por lo segundo, resultando en leyes que terminaron afectando negativamente los intereses de los trabajadores, como en el caso de la reforma laboral.

La izquierda brasileña enfrentó la tremenda ofensiva reaccionaria que derribó a Dilma y encarceló a Lula sin un programa común, desorientada, y disgregada en diferentes partidos y desplegada sin mayor coordinación en diferentes organizaciones de masas producto de una serie de decisiones en particular del Partido de los Trabajadores.

Lo positivo es que numerosos dirigentes, intelectuales y activistas han identificado la raíz del problema, y trabajan al calor de la coyuntura electoral y de movilización para revertir la situación, no sólo recuperando la articulación Partido-Masas, sino también la base programática que permitiría, eventualmente, no ser sólo un proyecto electoral progresista, sino una fuerza revolucionaria capaz de superar los límites del capitalismo para sentar las bases de un proyecto socialista de desarrollo en el continente.

Finalmente, es la relación que el PT pueda establecer entre estos elementos (protagonismo de las masas, programa de reformas estructurales, finalidad socialista) el aporte más interesante para quienes comparten el anhelo de construir una alternativa socialista en América Latina desde nuestras realidades prácticas.

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1 Custodio, L. (2015, 28 de septiembre). La crisis política le da el golpe de gracia al tipo de cambio en Brasil. El País de Uruguay.

2 Portela, L. (2018, 19 de marzo). Brasil /Frei Betto crítico en el FSM: “Estamos desmovilizados. Con el PT, fortalecimos la mentalidad consumista y no la ciudadana”. Resumen Latinoamericano.

3 Conte G., Montiveros, S. y Bustos, M. (2016, 18 de julio). “Frei Betto en MDZ: “Francisco es el jefe de Estado más importante del mundo””. MDZ Radio.

4 Ibid.

5 Ibrahim, W. (2016, 18 de noviembre). Joaquín Pinheiro, del MST de Brasil: “Seguiremos luchando por la conquista de la tierra y la reforma agraria””. Al Mayadeen, replicado en Resumen Latinoamericano.

6 Ibid.

7 Ibid.

8 Inspiraction (2013, 23 de enero). Cícero Guedes, líder del MST de Brasil asesinado. Inspiraction.

9 Iglesias, E. (2011). Los movimientos sociales bajo el gobierno de Lula Da Silva: entre la construcción del proyecto político y la institucionalización del diálogo político. Revista SAAP (5)1.

10 Sader, E. (2017, 9 de septiembre). Lula: más pueblo, más acusaciones. Público.es.

11 Sader, E. (2017, 29 de agosto). El PT recupera su vigor al compás de las caravanas de Lula. Público.es.

12 Ibid.

13 Efe/O Globo. (2017, 4 de junio). PT renueva su liderazgo y exige renuncia del presidente de facto brasileño. Telesurtv.net.

14 Gosman, E. (2018, 28 de abril). Balean el campamento en defensa de Lula da Silva en Brasil: hay 2 heridos. Clarin.com.

15 Tatemoto, R. (2018, 21 de mayo). “Subestimamos a la derecha y politizamos poco la sociedad”, dice Ze Dirceu. Brasil de Fato.

16 Ibid.

17 Hambre Cero se inició en el primer gobierno de Lula como un programa gubernamental que buscaba, a través de diferentes herramientas como ayudas directas a familias pobres, construcción de cisternas de agua en zonas semi-áridas o creación de restaurantes de bajo costo, asegurar el acceso a la alimentación en el país.

18 Dirceu recordó que existieron iniciativas para aprovechar estos programas como herramientas de organización y fortalecimiento del entramado político popular, pero que fueron desestimadas.

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Felipe Ramírez. Periodista, presidente de la Asociación de Funcionarios de la Universidad de Chile (Afuch) Servicios Centrales, y militante de SOL.