Movimiento Feminista en el Chile Neoliberal

La historia del movimiento feminista chileno ha tenido uno de sus episodios más significativos de las últimas décadas: en los meses recién pasados, decenas de universidades fueron ocupadas en protesta por casos de acoso y abuso sexuales; las calles de las principales ciudades del país fueron inundadas por miles de estudiantes que marchaban al amparo de la consigna “Educación no sexista”; la palabra feminismo, proscrita durante años, comenzó a circular por el espacio público, en los medios de comunicación y en las conversaciones cotidianas.

La historia del movimiento feminista chileno ha tenido uno de sus episodios más significativos de las últimas décadas: en los meses recién pasados, decenas de universidades fueron ocupadas en protesta por casos de acoso y abuso sexuales; las calles de las principales ciudades del país fueron inundadas por miles de estudiantes que marchaban al amparo de la consigna “Educación no sexista”; la palabra feminismo, proscrita durante años, comenzó a circular por el espacio público, en los medios de comunicación y en las conversaciones cotidianas. El “mayo feminista”, como ha sido bautizado el movimiento, instaló en el debate social y en la agenda política un conjunto de problemas largamente silenciados en un país que quiere presentarse al exterior como “moderno” y “desarrollado”, pero que conserva arraigadas estructuras patriarcales.

Ciertamente, la emergencia feminista desplegada en los últimos meses en Chile no es un hecho aislado: se inscribe en el proceso de ascenso y rearticulación de heterogéneos movimientos feministas locales y globales. Las multitudinarias concentraciones del movimiento #Niunamenos en distintos puntos del continente, las masivas movilizaciones que el pasado 8 de marzo reunieron a millones de mujeres a lo largo del mundo y la reciente lucha de las feministas argentinas por lograr el derecho al aborto libre, seguro y gratuito –y que traspasó largamente sus fronteras– son expresiones de ello. Sin embargo, no debe perderse de vista que esta emergencia feminista ocurre también en un contexto de intensificación del avance neoliberal a escala global y de giros conservadores en distintos puntos del orbe. Sin ir más lejos, en América Latina los movimientos feministas actuales se levantan en medio de la crisis del llamado ciclo progresista, del ascenso de gobiernos de derecha y del avance de grupos conservadores –entre ellos de Iglesias evangélicas–, y de la consiguiente reactivación del sustrato conservador que pervive en el continente.

En el caso de Chile en particular habría que entender el significado profundo de la movilización feminista en el marco de la propia modernización neoliberal impuesta en el país, de sus promesas incumplidas y de sus consecuencias en términos de reproducción de la división sexual del trabajo. Por ejemplo, si bien durante las últimas décadas se ha incrementado considerablemente el acceso a la educación superior, esto se ha hecho por la vía de una expansión masificada e incoherente, centrada en la educación privada y a costa del endeudamiento de estudiantes y sus familias, y que ha significado el traspaso de enormes recursos públicos al mercado educativo en detrimento de la educación pública. Ello ha reforzado e intensificado las desigualdades sociales en el sistema educativo; en tanto, la mayoría del estudiantado, especialmente de menores recursos, ingresa en instituciones educativas masivas y privadas, de menor calidad y prestigio social, y ha reforzado e intensificado también las desigualdades de género, pues las carreras feminizadas, relacionadas fundamentalmente con los cuidados, la educación y los servicios, son al mismo tiempo las más precarias, con menor valoración social y con proyecciones salariales inferiores que las estudiadas sobre todo por hombres o incluso que las más diversificadas en la composición de género. Lo mismo ocurre en el mercado laboral: si bien ha habido una incorporación creciente de las mujeres al trabajo remunerado, ésta se ha hecho con base en la precarización de las condiciones laborales, terciarización, flexibilización, contratos de baja calidad y en mercados laborales tremendamente segmentados por género. Por tanto, las propias consecuencias de la modernización neoliberal, en coherencia con la tradición patriarcal chilena, generan las condiciones para la emergencia feminista, en tanto que las promesas de integración social y autonomía asociadas a la incorporación de las mujeres al mercado del trabajo y a la educación no se cumplen.

La emergencia feminista en Chile debe entenderse como parte de un ciclo más amplio de acumulación y expresión de malestar social y de luchas por recuperar derechos sociales que en los últimos años han logrado abrir ciertas grietas en la hegemonía neoliberal y avanzar en la formación de actores sociales con capacidad de recomponer, aun con muchas dificultades, una fuerza de oposición al imperio del neoliberalismo. Las movilizaciones por la recuperación de la educación pública como un derecho, en un país donde todos los aspectos fundamentales para la reproducción de la vida –salud, educación, pensiones, vivienda, etcétera– son mercancías, han sido las más avanzadas en esa dirección. El movimiento feminista actual se inserta en ese ciclo de luchas y constituye, a la vez, una muestra de su maduración y complejización, pues si en 2011 –el año de las más masivas movilizaciones por la educación pública– la educación no sexista aparecía como un elemento accesorio, hoy se instala como una dimensión sin la cual no puede pensarse una educación verdaderamente pública y democrática.

Con estos elementos en consideración, las movilizaciones feministas cobran un sentido más amplio en tanto hacen parte del malestar engendrado por las contradicciones del avanzado neoliberalismo chileno y de los procesos de politización de segmentos de la población al calor de las luchas sociales por desmercantilizar la vida. El feminismo, además, va mostrando capacidad creciente, aunque todavía limitada, de articular actorías diversas y de permear las luchas sociales imprimiéndoles nuevas perspectivas. El avance –si bien lento y todavía insuficiente– del feminismo entre algunos sectores organizados de la sociedad y en algunos de los movimientos es signo de sus potencialidades para robustecer las luchas actuales y contribuir a la formación de una fuerza social capaz de oponerse al neoliberalismo.

A esos elementos habría que sumar la impugnación que el feminismo hace de las formas políticas que primaron durante los años de la denominada transición a la democracia y que son escollos que hasta hoy contribuyen a ahondar la separación entre la sociedad y la política. El movimiento feminista cuestiona la escasa democratización del poder y las formas tradicionales de hacer política: entre hombres, a puertas cerradas, de espaldas a la ciudadanía y excluyendo los intereses de las mayorías sociales. La tensión que el feminismo pone en las organizaciones políticas alcanza también a los partidos y movimientos agrupados en el Frente Amplio, muchos de ellos declarados públicamente como feministas pero sin alcanzar a romper con las lógicas patriarcales del poder y la tendencia elitista de la política. Hasta dónde los partidos y el campo político en general se han transformado está todavía por verse, y no son escasos los peligros de que haya un uso instrumental del feminismo en favor de las operatorias políticas. Sin embargo, es un espacio de disputas que ha quedado abierto y que ofrece oportunidades.

Ahora bien, además de celebrar estas posibilidades que abre el feminismo, debe ser motivo de preocupación para las fuerzas democráticas que a pesar y a expensas de esta emergencia, la derecha avance en Chile sin mayores contrapesos. El despliegue de una derecha social, impulsora de políticas públicas para los sectores más vulnerables, y el refuerzo de un sentido común conservador, refractario al ideario emancipador feminista, son realidades incómodas pero porfiadamente arraigadas en la sociedad chilena. El feminismo irrumpe, es cierto, pero su radio de influencia resulta todavía acotado respecto al grado de dirección cultural que logran los grupos conservadores y, también, a la subjetividad neoliberal hegemónica en el país.

En Chile, los desafíos del feminismo son grandes. Entre ellos, hacer frente a los peligros de procesamiento neoliberal de las demandas del movimiento en políticas acotadas a temas de mujeres; evitar el uso instrumental y superficial que los partidos tradicionales pueden hacer del significante feminismo sin un compromiso real por modificar las formas de hacer política; y, sobre todo, ensanchar su carácter social, colaborando activamente con la articulación de una alianza amplia que empuje opciones de superación del neoliberalismo. En este camino no hay garantías, pero sin duda el “mayo feminista” en Chile ha ampliado el horizonte de la emancipación social en tiempos de neoliberalismo avanzado.

por CAMILA MIRANDA Y PIERINA FERRETTI
Fundación Nodo XXI

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