Paula Acuña: Patagonia agónica

Despierto, abro los ojos, se perfectamente lo que debo hacer hoy (limpiar, comprar algunas cosas, pero primero un matecito). Que hace frio chhhhh’ de nuevo las cañerías se congelaron, por la miechica queda solo un tronco, ya no importa le pediré fiao al vecino (él es buena gente) además tan caro que esta el metro ya va por los veinticinco mil.

Descongelo las ventanas y miro el desolador paisaje, los cerros no se ven, me pesa caminar, me duele respirar, ese mismo humo de la ambición, de la codicia nos envuelve a todos. El frio no debilita nuestro temple seguimos siendo fuertes ante él, nuestra historia nos guía a sobrevivir en estas tierras inhóspitas pero ya no es lo de antes (no escribo que todo tiempo pasado fue mejor porque en Chile carecemos de memoria colectiva, solo escribo que antes era posible respirar, inhalar y exhalar oxigeno patagónico ese mismo que en cada respiro tu alma lo agradecía).

Caminar contemplando mil parajes de ensueño pero sentir que en cada paso nos estamos muriendo (suena dramático, pero hoy forma parte de nuestra realidad y debemos asumirlo). Vivimos rodeados de cerros, la leña es el motor de la ciudad (el afán de muchos) pero hoy es un arma de doble filo. Frente a los gélidos días de otoño o invierno se responde siempre con toneladas de leña, la insistente demanda genera un grave problema ambiental pero ¿por qué? Porque no se ha manejado de forma sustentable, los bosque no ponderado lo suficiente y no se ha tenido en consideración la suerte de estos a futuro.

Cincuenta mil metros cúbicos de leña se consumen anualmente en esta zona, un uso masivo que genera dudas respecto de que sucederá con la conservación de especies nativas como la lenga y el ñire. Pero este combustible genera un problema más urgente, es el principal factor de emisión de material particulado que tiene a Coyhaique en el mapa de las urbes con los aires más contaminadas del mundo.

La mayoría de los artefactos de calefacción no están al día en cuanto a eficiencia y en una ciudad donde la lluvia promedia más de mil milímetros al año la leña que se vende es mayoritariamente húmeda, todos estos elementos físicos contribuyen a una mayor cantidad de emisiones pero además hay varias de carácter humano que también contribuyen, malas costumbres que se han ido arraigando en el tiempo. (Vecino no es necesario tener treinta grados en su casa, basta con abrigarse y colocarse una buena chompa de lana y las infaltables medias que mi abuela bien teje)

Políticas públicas fallidas que emanan desde un órgano central incapaz de ver estos factores hacen que hoy Coyhaique sea un mal lugar para vivir, donde este fenómeno se ha ido normalizando y la inexistente capacidad gubernamental nos tiene sentados pensando en una respuesta clara y rápida. Desde lo mediático poco urge las miles de emergencias ambientales a las que estamos expuestos, poco urge la necesidad de mascarillas y los miles de niños enfermos. Quizás sea tarde para manifestar molestia, quizás la reflexión llego años después, pero aun así las emergencia son HOY una realidad, nuestra realidad y desde ahí esto se vuelve algo primordial.

Debemos despojarnos del abuso a nuestros bosques, de la irresponsabilidad de algunos y tomar conciencia… Si lo institucional no da respuesta, debemos ser los Coyhaiquinos quienes una vez más le ponemos el hombro al asunto, debemos vivir y respirar como lo sabemos hacer mejor.