Por un feminismo que desborde todo esencialismo

Es clave puntualizar que no existe un feminismo, sino que hay muchos. El feminismo es un posicionamiento epistemológico que resulta en acciones y prácticas políticas que giran en torno al cuestionamiento del sistema u orden de desigualdad basado en el sexo o el género. De esa manera, existirán diferentes trayectos y puntos de atención.

Es clave puntualizar que no existe un feminismo, sino que hay muchos. El feminismo es un posicionamiento epistemológico que resulta en acciones y prácticas políticas que giran en torno al cuestionamiento del sistema u orden de desigualdad basado en el sexo o el género. De esa manera, existirán diferentes trayectos y puntos de atención. Incluso, no siempre se tratará de un mismo sujeto, pues aunque en general y en términos históricos asume como punto de atención la posición históricamente subordinada de la mujer, la pregunta respecto a qué es la mujer, qué la constituye como tal, variará en sus diferentes versiones.

En feminismos más recientes, incluso, se cuestionará ese lugar de subjetivación o se asumirá un foco más basado en las asimetrías existentes en las relaciones sociales sexuales que en alguna materialidad condensada que determine un sujeto estable. De este modo, se incluirán otras subjetividades y corporalidades distintas a las de la mujer (incluyendo a la diversidad sexual, por ejemplo, o problematizando la existencia de la mujer como sujeto universal). Por ello, no es posible abordar el feminismo en singular, sino que se lo debe abordar a partir de su pluralidad.

Hablando en términos muy generales, tal vez se debe remarcar que un tema que pareciera ser transversal en el feminismo es el cuestionamiento de la naturaleza -la biología, el sexo, el cuerpo- como predictor o rector del lugar que social y políticamente ocupen los individuos y el sistema de privilegios que se articula en torno al hecho biológico del cuerpo sexuado, de modo que se busca cuestionar el esencialismo que supone la biología. Así, se cuestiona que exista un sujeto cuya centralidad definitoria se articule en torno a la biología (“biología no es destino”, como dicen algunas feministas). Se trata, así, de un movimiento bastante amplio, con un acervo de conocimiento político complejo y denso, con voluptuosidades, contradicciones, disputas y recovecos.

En lo personal, me interpela y me identifica más un feminismo que desconfíe del género como un lugar estable y binario; que cuestione los modos en que todo género y sexo se constituyen como tal y que considere que el género y el sexo son el resultado de múltiples procesos históricos y políticos que operan de manera coral sobre los individuos, estableciendo desigualdades e injusticias. De esta manera, es posible marcar un accionar político que se haga cargo de la complejidad de ese proceso y rehúya de cualquier simplificación, universalización o sintentización. En ese sentido, me identifica más un feminismo que como diría Judith Butler -o en el contexto nacional, Nelly Richard- habla en función no sólo del género, sino también respecto de aquellas otras marcas sociales e intersecciones políticas y culturales que lo determinan, como la clase o la raza y que, por lo tanto, cuestiona las condiciones sociales en que se produce. Creo que no es posible entender el género y el sexo si no se los entiende como efecto, también, del modo de producción, de modo que discrepo y me distancio de aquellos feminismos que en función de constituir un sujeto universal asumen un modo unívoco de entender a las mujeres u olvidan que en la sociedad contemporánea la clase, el lugar que los individuos ocupan en la producción, determina un sustrato material, condiciones de subsistencia y el acceso a privilegios que son constituyentes del género, el sexo y la sexualidad.

Haciendo justicia, se debe decir que no hay absoluta novedad en las movilizaciones feministas estudiantiles. De manera ininterrumpida desde el “pingüinazo” del 2006, las demandas por una educación no sexista han sido de manera recurrente parte del horizonte discursivo de las movilizaciones estudiantiles. De modo muy particular y característico, han formado parte del movimiento secundario. En base a ese hecho se podría decir que habría habido un “malestar de género latente” no asumido políticamente en su integralidad y que transcurría en torno a las diferentes violencias que las mujeres y otras corporalidades padecen en la sociedad chilena y que este año, en un contexto mundial en que se ha hecho masiva una protesta en contra de la violencia sexual, se ha logrado articular como acontecimiento político.

En esa masividad, creo que se corre el riesgo de perder consistencia. De que todo -y todos- terminen definiéndose como feminismo. El que el movimiento se articule en torno a la violencia sexual que sufren las mujeres -lo que logra establecer las necesarias complicidades con el sentido común, pues es un hecho concreto y real que sufren las mujeres diariamente- es también un desafío en el sentido que de manera simple, se pudiera considerar que esa es la única demanda del feminismo o la demanda central. Lo problemático de eso, es que la violencia sexual es tan solo un síntoma y si se centra todo de manera exclusiva en el lugar de las mujeres como víctimas, no se resuelve el problema de fondo -las diferentes modalidades de la desigualdad basada en el género y el sexo, pues posicionar a alguien en el lugar de la víctima, interpelarlo/a como tal, es también el ejercicio de una violencia. Se corre el riesgo de que así como en el sentido común se esencializa el lugar de la mujer a partir de su biología, se la esencialice ahora en base a la victimización, lo que sería relegarla a una posición de interdicción política y social. Instalar la victimización sexual como lugar único de articulación del feminismo trae además el problema de insistir en la idea (que como fantasma ha rondado al feminismo desde sus inicios) de un esencialismo universalizante, que termina disolviendo y negando toda diferencia entre las mujeres y que olvida las diferentes posiciones de privilegio que constituyen el orden de dominación basado en el género. Es así como, en función a una aparente experiencia común y transversal olvida, por ejemplo, que una mujer que trabaja de asesora del hogar sufre explotación -y violencia, por lo tanto- de parte de otras mujeres y que de esa manera no es posible aislar su experiencia de género de su posición de clase.

Por otra parte, se corre el riesgo de olvidar que la violencia machista no la sufren solamente las mujeres, sino también otras corporalidades. En ese sentido, la promesa agitativa del feminismo, su horizonte utópico, es una promesa realizada no sólo para las mujeres, sino que para todos aquellos que distanciándose del ideal masculino, sufren violencia (homofobia, transfobia, racismo, etc.).

Una debilidad que veo también es la excesiva confianza que existe en que la formalidad de los marcos jurídicos, la institucionalidad punitiva y la protocolización de las relaciones sociales y sexuales otorgarán por sí mismos una solución al problema del machismo. Es evidente la violencia sexual que las mujeres y otras corporalidades sufren a diario y creo que es importante que se busque establecer un modelo de prácticas distintas, pero no es por la vía de la protocolización o la punición que se resolverá el problema. De hecho, esa es la vía más fácil de cooptación de las demandas por parte de la institucionalidad y el conservadurismo, ya que instala una restricción y control de la sexualidad altamente deseada por el mismo machismo que se desea combatir.

En mi opinión, si bien, son necesarios los protocolos porque formalizan y objetivan las prácticas consideradas como indeseables y por lo tanto, modelan a los individuos, se debe considerar que corren serio riesgo de restringir el deseo y socavar el aun débil marco de las libertades sexuales. El feminismo no busca limitar el deseo o “desexualizar” las relaciones sociales, sino justo lo contrario. No debiera, por lo tanto, luchar contra la objetualización sexual, sino radicalizar el derecho a la libertad sexual por medio de agitar y asumir una resignificación de dicha acción de objetivación como práctica contrahegemónica y revalorizar la sexualidad como un espacio de recreación de nuevas prácticas. Este es un tema altamente debatido en el feminismo desde los años ´80, que ha marcado posiciones radicalmente opuestas en su interior y que no tiene solución hasta ahora.

Frente a la potencial protocolización, es que la demanda por una educación no sexista cobra sentido, pues creo que apunta a un punto fundamental. El sistema educativo y formativo en todos sus niveles es parte de la institucionalidad social que sustenta el funcionamiento de la sociedad. Allí se sedimenta, produce y regula la circulación del sentido común. Se debe tratar, como diría un colectivo de la disidencia sexual, de una “educación no sexista, pero sexy”, es decir, que más que establecer una educación restrictiva de la sexualidad, abogue por una educación que fomente radicalmente la libertad sexual; que ponga en duda el amor romántico y los ideales de realización familistas y maternalistas. Más que formalizar ciertos contenidos, debe ser una educación que problematice y cuestione el currículum oculto o latente, aquellas expresiones naturalizadas que se expresan en la sala de clase y que reproducen el machismo y el binarismo de género.

*Cristián Rojas es Encargado político de Nueva Democracia Santiago Centro

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