Triunfo de AMLO: ¿el retorno del nacionalismo mexicano?

Tras dos intentos fallidos, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) se transformó en el nuevo Presidente de México. Segundo quedó Anaya del conservador Partido Acción Nacional (PAN) en alianza con el progresista Partido de la Revolución Democrática (PRD). En tercer lugar llegó Meade del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Tras dos intentos fallidos, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) se transformó en el nuevo Presidente de México. Segundo quedó Anaya del conservador Partido Acción Nacional (PAN) en alianza con el progresista Partido de la Revolución Democrática (PRD). En tercer lugar llegó Meade del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

El liberalismo se lamenta por un nuevo gobierno populista. En cambio, el alicaído progresismo lo ve como una inflexión al actual dominio de derecha. No obstante, los resultados de este domingo poco tienen que ver con asuntos estrictamente doctrinarios, lo que interroga sobre las fuerzas que triunfaron, las que fueron derrotadas y sobre las implicancias que tiene para México y América Latina.

El triunfo de AMLO es resultado de una heterogénea alianza electoral entre su partido de centroizquierda, Morena, el Partido del Trabajo (izquierda maoísta), Encuentro Social (evangélicos de derecha), ex dirigentes del PRI, PAN y PRD, grandes empresarios nacionales, organizaciones sindicales, movimientos indígenas y de pobladores.

Se trata de un pacto electoral entre fuerzas nacionales duramente golpeadas por gobiernos neoliberales que en tres décadas arrasaron con buena parte de la sociedad mexicana. En efecto, más de 50 millones de personas se encuentran sumergidas en la pobreza; las condiciones de empleo, salud, educación y seguridad social empeoraron dramáticamente; gran parte de la industria nacional fue destruida en favor del capital financiero, las maquilas y la explotación de recursos naturales (con brutales consecuencias socioambientales); infraestructura pública, transporte, energía y servicios sociales fueron privatizados; y se estima que la violencia estatal y el narcotráfico han dejado más de 400 mil muertos o desaparecidos (en su mayoría mujeres).

El retorno del PRI con Peña Nieto (2012-2018) no produjo cambios sustantivos al neoliberalismo iniciado por Salinas de Gortari y Zedillo en 1988-2000. Tampoco disminuyó la violencia, la corrupción y el poder de narcotraficantes expandido vorazmente en los gobiernos del PAN en 2000-2012. De hecho, en el mandato de Peña Nieto ingresaron capitales privados a la petrolera estatal Pemex, la violencia se intensificó y como nunca la política exterior quedó totalmente subordinada a EE.UU.

En ese sentido, el triunfo de AMLO es resultado del rotundo fracaso del neoliberalismo como proyecto político. En su campaña señaló que mantendrá la política macroeconómica, al tiempo que elevará el gasto público, y reactivará la producción y el empleo con intervención estatal. Prometió acabar con la corrupción y la violencia, y retomar una política exterior no injerencista. En todo caso, no ha sido claro respecto de las privatizaciones y la centralidad primario exportadora de la economía.

Entonces, ¿qué esperar de su gobierno?

AMLO tiene una oportunidad histórica. Puede iniciar una transformación productiva nacionalista, redistribuir mejor la riqueza, enfrentar la corrupción y la violencia política, democratizar el poder y convertir a México en un contrapeso efectivo a EE.UU. en América Latina. No obstante, debe evitar la tentación progresista de restringir la política a la administración del neoliberalismo; pero también, la tentación populista de reducir el poder a su figura. Luego, debe superar el pragmatismo electoral que lo llevó a Los Pinos y construir fuerza social y política que permita a mexicanas y mexicanos escapar del laberinto en el que el neoliberalismo los dejó atrapados.

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