Opinión Orgánicas

“El mayo del 2018 será recordado como el momento en que miles de mujeres nos levantamos, haciéndonos protagonistas para decir basta a la violencia patriarcal. Fuimos las compañeras organizadas en asambleas de mujeres quienes desbordamos no solo a la institucionalidad de las Universidades, sino que también a la organización estudiantil por su constante reproducción de lógicas machistas y discriminatorias dentro de nuestros espacios de organización”.

El fin de la segunda década del siglo XXI no trae noticias alentadoras para las fuerzas progresistas y las izquierdas latinoamericanas. De hecho, es probable que asistamos a su derrota en la forma en que las conocimos. Sin embargo, será nuestra responsabilidad establecer acciones políticas concretas que eviten las tragedias del siglo XX y construyan un futuro alternativo al que nos ofrece el neoliberalismo. Resolver algunos de los nudos aquí planteados puede ser un comienzo.

Los resultados de la discusión del mediático proyecto Aula Segura en la Comisión de Educación del Senado merecen ser valorados. Las propuestas impulsadas y aprobadas por el conjunto de la oposición imponen un mínimo de sensatez, frente a un Gobierno cegado por el populismo penal y la búsqueda de réditos mediáticos de corto plazo, al punto de ceder cada vez más frente a las expresiones más conservadoras de la derecha y sus irracionales formas de comprender la discusión pública. Esta "bolsonarización" representa un serio peligro político, incluso para el propio gobierno.

El gobierno ha impulsado con mucha fuerza el proyecto Aula Segura como solución a los divulgados problemas de violencia en ciertas comunidades escolares. Con todo, debe ser el proyecto de los últimos años con mayor disparidad entre contenido y efecto mediático. De artículo único, sólo facilita el traslado de los estudiantes de un colegio a otro (su expulsión). Este objetivo, que podría ser razonablemente discutido si fuera parte de algún horizonte educacional, resulta desbordado por el uso político que se le da desde La Moneda.

Conocidos los resultados de la primera vuelta de las elecciones de Brasil, se encendieron las redes sociales entregando posibles explicaciones del avance de proyectos de derecha populistas y autoritarios en el mundo. Esos que no se muerden la lengua para validar dictaduras, abusos, violaciones a los derechos humanos, discriminación por razón de clase, género, raza y etnia, y promover la privatización de todo lo que haya a su paso.

El académico aborda el momento que vive el bloque y la forma en que debe enfrentarse el auge de las ideas de derecha. “Cuando la izquierda se ampara solo en la crítica moral demuestra que no tiene política”, dice.

Aula Segura tiene un problema de origen, y es que solo busca marginar a estudiantes con problemas de violencia y dar atribuciones innecesarias. Esto no se enfrenta creando guetos educativos, se hace hablando en serio sobre la violencia y su prevención.

Hace unos días Miguel Crispi, diputado de Revolución Democrática, publicó en este mismo medio una columna, que si bien buscaba publicitar el Festival A Toda Marcha, aprovechó también de poner sobre la mesa una idea central, de carácter estratégico, respecto de su visión -y probablemente la de su sector en el partido- sobre lo que debe constituir la tarea del Frente Amplio: construir un “nuevo pragmatismo popular, que sea una alternativa al cómodo idealismo testimonial identitario”.

En tiempos de ampliación destructiva del capitalismo y de sus procesos productivos, que hoy día profundiza el modelo extractivista generando graves daños a comunidades de nuestro país, es necesario preguntarnos ¿cuál es el rol de los/as trabajadores/as en las luchas socioambientales?

La Declaración Universal de Derechos Humanos (1948) se ha instalado en el concierto internacional como una aspiración civilizatoria del proyecto de la modernidad. Y si bien, en el momento histórico en que emergen estos derechos, capturan y son funcionales a la instalación de un tipo de Estado liberal, la consecuente apropiación de su espíritu emancipador, por parte de activistas, movimientos sociales y comunidades, desde su promulgación, ha logrado ir resignificando el ancho de sus implicancias y posibilidades a partir de la problematización y superación de sus pecados de origen.

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