Mujeres en Ciencia: Más derechos laborales, menos eslóganes

Ciencia, Tecnología e Innovación

Diez días después de su nombramiento como ministro de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, Andrés Couve lanzó junto a la Ministra de la Mujer y la Equidad de Género, Isabel Plá, la campaña “Más Mujeres en Ciencias” para impulsar que más mujeres estudiaran en áreas relacionadas con la ciencia y la tecnología.

Interesante primera medida para el nuevo ministerio, enmarcado en la efervescencia del movimiento feminista que se tomó las calles y la agenda política durante 2018 y que, entre otras reivindicaciones, pretendía derribar estereotipos y barreras de género, muy presentes también en el mundo académico. Es una iniciativa que va en la dirección correcta, pero también es muy posible que termine siendo un gesto insuficiente porque remover los obstáculos que afectan más específica o intensamente a las mujeres implica el diseño de acciones más persistentes en el tiempo que una campaña comunicacional.

Sabemos que el mundo de la investigación no solo replica, sino que exacerba el clima patriarcal de nuestra sociedad. Múltiples testimonios dan cuenta de experiencias de acoso, suplantación de la autoría de ideas y descubrimientos y menosprecio por la labor de las investigadoras femeninas, entre otros fenómenos que se dan en Chile y en el mundo.

Los análisis cuantitativos también son alarmantes: los artículos científicos con autoras mujeres reciben, en general, peores puntajes en las revisiones editoriales y una vez publicados son menos citados que sus equivalentes firmados por hombres. Para qué hablar de la ausencia de mujeres en posiciones donde se toman decisiones, aunque también hay que reconocer que en el último tiempo también se han multiplicado las denuncias por dificultades injustificadas para ascender en las jerarquizaciones académicas.

Un amplificador clave es la precariedad laboral, muy normalizada en el ambiente científico. Si bien es un problema de la investigación en general, se advierte con más fuerza en las mujeres. En el mundo académico la regla es la falta de contratos y con ello la ausencia de licencias médicas, derecho de pre y postnatal, vacaciones legales e indemnizaciones por despido, entre otros derechos laborales. Además, en los concursos, que son la principal forma de obtener financiamiento para investigar, se evalúa principalmente la llamada “excelencia académica” basada en indicadores de productividad sobre una cancha ya dispareja, lo que aumenta la inequidad en esta falta de derechos que perjudica más a mujeres que a hombres.

Pongamos un ejemplo: cuando una investigadora se embaraza o debe ausentarse para cuidar a sus hijos, ya sea por edad o por enfermedad, disminuye su “productividad” porque deja de escribir artículos de investigación, pierde oportunidades de participar en proyectos y se reducen sus redes de colaboración y sus oportunidades de tener estudiantes a cargo. Peor si eso ocurre en época de postulaciones o asignación de cursos para docencia, lo que, a la larga, genera un “vacío” en su currículo. Dada la desigual proporción entre géneros en la academia, es probable que un investigador hombre sí acceda a esas oportunidades. Entonces, en el próximo llamado a concurso esa investigadora tendrá una clara desventaja. Esta situación se agrava debido a que en Chile la ciencia se financia casi exclusivamente a través de fondos concursables y, por lo tanto, “recuperar” esa productividad se volverá cada vez más difícil. Esto, sin siquiera considerar que, en general, las responsabilidades familiares y no profesionales se distribuyen asimétricamente hacia el lado femenino y la carga mental que debe enfrentar una investigadora respecto de sus colegas hombres es significativamente mayor.

En tanto la falta de protección laboral permite abusos de poder. Si una investigadora sin contrato sufre acoso laboral o sexual, estará en una posición aún más desventajosa porque no tiene ninguna seguridad de que su trabajo estará protegido al momento de denunciar. El riesgo de perder el sustento económico o de perder productividad inhibe la voluntad de denunciar y eso aumenta la impunidad y perpetúa el ambiente machista en la academia. El caso de las investigadoras Vania Figueroa y Karina Bravo en la novísima Universidad de O’Higgins es un caso tan paradigmático como indignante.

No menos importantes son las diferencias entre mujeres y hombres a la hora de enfrentarse al ambiente muchas veces hostil del mundo de la investigación. Hay diversos estudios que muestran que los ambientes extremadamente competitivos, como el chileno, fomentan la creatividad en hombres y la disminuyen en mujeres. Que el síndrome del impostor se dé con mucha más frecuencia en mujeres que en hombres podría ser un indicador de esta diferencia. Las mujeres, en cambio, mejoran significativamente en ambientes colaborativos a diferencia de los hombres que experimentan más dificultades. Un ambiente colaborativo debiera ser la regla en la investigación, lo que no ocurre dado el sesgo subsidiario del financiamiento, su escasez y la desregulación del mercado de la educación superior donde se aloja principalmente la investigación.

En buena hora las demandas del movimiento feminista han calado en prácticamente todas las esferas de la sociedad, incluido el mundo académico. Sin embargo, como los cambios culturales son de lento desarrollo, hay que emprender acciones concretas e inmediatas que en el mundo de la investigación se relacionan con los derechos laborales, los contratos indefinidos, el financiamiento más estable para investigar y un cambio en las lógicas de evaluación. Más recursos localizados en ambientes donde prime la colaboración más que la competencia son la clave no solo para igualar los derechos y oportunidades entre hombres y mujeres, sino también para mejorar todo el ecosistema de investigación para que contribuya al bien común de toda la sociedad y sin distinción de género.

Soledad Bravo
Antonella Rescaglio
María Loreto Rodríguez
Iskra Ailen Signore
Valeska Verdugo
Sofía Zapata

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